Trabaja con un gran equipo de personas. Dicen los colaboradores de Armani, y corrobora él, que su ansia de perfección lo lleva a controlar personalmente cada detalle, algo que no debe de ser tan fácil en un emporio que cuenta con 4.700 empleados, casi 8.000 millones de euros de ingresos y una producción que va de la alta costura a los hoteles pasando por la moda joven, las gafas, la ropa infantil, los perfumes, el maquillaje o los restaurantes. De todos los ejemplos, uno de los que más llama la atención tiene que ver con el teatro. Este fue diseñado por el prestigioso arquitecto japonés Tadai Ando sobre una antigua fábrica de chocolate y consta de 628 asientos alrededor de un rectángulo de luz. En octubre de 2001, cuando el teatro ya estaba terminado pero aún faltaban unos días para la inauguración, Giorgio Armani apareció y se sentó en cada uno de los asientos para comprobar que la visión era perfecta desde todos los ángulos. Solo entonces dio su visto bueno.
No piensa en el retiro. Otra de las características de Armani es la de su negativa absoluta a dejar el timón. La pregunta de si se va a retirar se la han hecho mil veces, al derecho y al bies, pero la respuesta es siempre la misma: “No”. Una de las cosas con la que más orgulloso está Armani -además de haber ocupado en una ocasión la portada de Time- es la de no haberse vendido a las multinacionales. La globalización de la economía, unida a la fuerte crisis que viene sufriendo Europa en general y los países del sur en particular, ha provocado en los últimos años una desamortización de la marca Italia. Un gran número de los productos italianos ya sea en la gastronomía, la moda o la automoción ya solo lo son de nombre.
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